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"Lo Sé Todo". Microrrelato de Jan Hein

Había libros de hojas gruesas y ásperas, medio amarillentas, olían a polvo. Y había libros que me miraban; en particular, los de la enciclopedia a color Lo sé todo. Uno tras otro, esos tomos oblongos se apriosionaban prolijamente en un estante de la casa de mi abuelo. Me daba miedo mirarlos, siempre fijos en el estante, siempre quietos, eran ellos los que me miraban a mí desde lo alto, repitiendo en cada lomo su nombre. Quizá no estaban tan arriba, pero yo era chiquito y la idea rotunda de que lo supieran todo me fascinaba.

Me gustaba pasearme por esa casa de paredes color té con leche. En verano, a la hora de la siesta, tres, cuatro de la tarde, me quedaba panza abajo contra el piso, sintiendo contra el estómago el frío de las baldosas marrones (¿o eran naranjas?). Me sentía como un perro tranquilo. Miraba el hilo de luz que se dibujaba en el borde de las cortinas (afuera, en Castelar, era un horno). Luego el estante: Lo sé todo, Tomo Número doce, es rojo, Lo sé todo, Tomo Número Trece, es verde, Catorce es amarillo, Quince blanco... Los números se seguían en el orden esperable, el orden "escolar". Pero era la lógica de los colores la que yo no alcanzaba a entender: a un tomo blanco le podía seguir uno amarillo, a uno amarillo, uno azul, a uno azul, otro azul, o sea azul dos veces, o gris, o violeta, así de ilógico. Lo sé todo permanecía en el estante de forma terminante. Era el desorden de colores lo que me fascinaba. Lo Sabían Todo.

Jan Hein


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